Sin techo. Pedro Alonso

Hoy me he descubierto, en varias ocasiones, echando de menos a mi vecino y su irritante taladro percutor. Aproximadamente cada media hora, cuando el tren estremece todo el puente sobre mi cabeza.

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Papá Noel y los Reyes Magos no existen. Daniel Sánchez

Una mañana, alguien sin alma les dijo a todos los niños de la escuela –apenas con nueve años- que tanto Papá Noel como los Reyes Magos eran en realidad los padres. Fue un golpe muy duro tanto para Armando como para el resto de sus compañeros de clase. Quizá, más para él.
El pobre Armando era huérfano.

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Ya no me engañan más. José Antonio Fernández Sánchez

Lamentarán el error del año pasado, cuando quisieron engañarme. Menos mal que les vi, a mi padre y a mi madre, con un montón de regalos al lado de la chimenea, enormes cajas por todos los sitios y claro, me dicen, acuéstate pronto para que vengan los Reyes Magos, y ellos, listillos, allí esperándoles y va se quedan lo mejor y para mí una caja con un puzzle de cien piezas; pero ya no me engañan más, no saben que este año seré el primero en verles pues he decidido esperarles en la chimenea, fuera, claro, aunque ya están tardando mucho.

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Intercambio de pronombre. Giselle Aronson

No es lo mismo:
Desde que leí su libro, cualquier cosa que yo escriba me parecerá una porquería
Que:
Desde que leí su libro, cualquier cosa que usted escriba me parecerá una porquería

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Inocencia perdida. Giselle Aronson

Cuando desperté, aquella mañana de Reyes, al mirar mis zapatos, mi padre todavía estaba allí.

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Todos somos tú. Eduardo Galeano

En el año 2001, resultó sorprendente el partido de fútbol entre los equipos de Treviso y Génova.

Un jugador del Treviso, Akeem Omolade, africano de Nigeria, recibía frecuentes silbidos y rugidos burlones y cantitos racistas en los estadios italianos.

Pero en el día de hoy, hubo silencio. Los otros diez jugadores del Treviso jugaron el partido con las caras pintadas de negro.

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El rey que dijo basta. Eduardo Galeano

Durante cuatro siglos, el África negra se especializó en la venta de carne humana. Según la división internacional del trabajo, su destino era producir esclavos para el mercado mundial.

En 1720, un rey se negó.

Agaja Trudo, rey de Dahomey, incendió los fortines europeos y arrasó los embarcaderos de esclavos.

Durante diez años, soportó el acoso de los traficantes y los ataques de los reinos vecinos.

Más, no pudo.

Europa se negaba a venderle armas si no pagaba en  moneda humana.

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