En busca del valle perdido. Beatriz Alonso Aranzábal

Mientras suelto las pastillas en las hierbas altas compruebo que nadie me sigue. Desde que dieron con la fórmula de la felicidad, por la que tanto lucharon nuestros antepasados, ya nadie se queja ni llora ni patalea. Jamás nadie se quita la vida, porque no duele. Pero yo desenterré, casualmente, un libro de los de antes, en papel, y mientras leía “Romeo y Julieta” noté cómo afloraban mis primeras lágrimas. Me gustó sentirlas resbalar, lentamente, y decidí esconder la píldora diaria que nos dan en la fábrica. Antes de que mi rostro compungido me delate estaré al otro lado de las montañas, fuera de este beatífico país.

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