El cajero. Thomas Bernhard

El cajero de un taller metalúrgico se ha casado con una mujer ocho o nueve años mayor que él. Poco después de la boda comienzan las peleas. Los dos se duermen y despiertan con una animadversión sin límites. Finalmente, la mujer enferma gravemente, lo que sin duda tiene que ver con su falta de hijos; se cura una y otra vez, pero de pronto pierde el uso de la palabra, sólo puede hacerse entender con las manos y en casa lo escribe todo en hojas de calendarios: “Quiero irme”, por ejemplo; o “Hace buen tiempo fuera”. Aborrece que tengan compasión de ella. Finalmente, padece dolores en las piernas y se vuelve completamente rígida. Hay que llevarla en una silla de ruedas. Acecha junto a la ventana. Cuando su marido vuelve a casa, él tiene que sacarla de paseo. Siempre el mismo trayecto. Cada vez más lejos. Ella lo amenaza con el puño cerrado. Cada vez está más hambrienta de nuevas casas, nuevos árboles, nuevas gentes. Desde su manta de invierno mira a lo lejos, entre los árboles de la alameda. Una tarde, mientras la empuja ante sí por el borde del camino, él da la vuelta al carrito y lo vuelca sobre el abismo. Ella no puede gritar. El carrito metálico se despedaza. Él sueña esa escena. Sin embargo, piensa, hará algo así con ella.

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