Appetitus inordinatus vindictae. Víctor Bascur Anselmi

Con la frente aún húmeda por el agua ahí vertida, el hombre se adentró sigilosamente en el pequeño cubículo de madera. Una vez allí espetó de memoria la línea, casi cinematográfica, que había practicado durante los últimos veinte años de su vida:

-Mataré a un pederasta y vengo a pedir penitencia por eso.

Las últimas palabras del sacerdote fueron:

-Gerardo, ¿eres tú?

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