Sentencia. Relatos de Kolimá. Varlam Shálamov

La gente surgía de la nada, uno tras otro. El desconocido que dormía en la litera vecina se apretaba por las noches contra mi huesudo hombro entregándome su calor, unas gotas de calor, y recibiendo a cambio el mío. Había noches en que no me llegaba calor alguno por entre los harapos de la ropa, del chaquetón, y por las mañanas tomaba a mi vecino por un difunto, me sorprendía un poco que el difunto siguiera vivo, que se levantara a la llamada, se vistiera y cumpliera sumiso las órdenes. En mi había poco calor. Era poca la carne que me quedaba en los huesos. Aquella carne bastaba sólo para la rabia, el último de los sentimientos humanos. No era la indiferencia, sino la rabia el último sentimiento del hombre, el que se hallaba más próximo a los huesos. Los hombres surgidos de la nada, que brotaban del no ser, desaparecían de día -en aquella expedición en busca de carbón había muchas zonas- y desaparecían para siempre. Yo no conocía a los hombres que dormían a mi lado. Nunca les hacía preguntas y no lo hacía no porque siguiera el proverbio árabe: “No preguntes y no te mentirán”. Me daba igual que me mintieran o no, yo me encontraba más allá de la verdad, más allá de la mentira. Los comunes tienen a este propósito un dicho duro, brillante, brutal: “¿No te lo crees? Pues tenlo por un cuento”. Yo no preguntaba, no prestaba oídos a los cuentos.

¿Qué me quedaba hasta el último momento? La rabia. Y guardándome esa rabia me disponía a morir. Pero la muerte, tan cercana hacía tan poco tiempo, empezó poco a poco a apartarse de mi. Y sin embargo lo que vino a sustituir a la muerte no fue la vida, sino un estado de semiconsciencia, una existencia imposible de formular, pero que no se puede llamar vida. Cada día, cada salida del sol, traía consigo la amenaza de un nuevo golpe, de un golpe mortal. Pero el golpe, el último empujón no llegaba. Mi trabajo consistía en hervir agua; era el trabajo más ligero, aún más llevadero que el de guarda, pero yo no alcanzaba a cortar la leña necesaria para la estufa, una cisterna de agua del tipo “Titán”. Podían echarme de aquel trabajo, pero ¿a dónde? La taigá se extendía a lo lejos, nuestro campamento, aquel “viaje de trabajo” en la lengua de Kolimá, era como una isla en la inmensidad de la taigá. Casi no podía arrastrar los pies, la distancia de doscientos metros que separaba mi lugar de trabajo de la tienda me parecía interminable y en el trayecto me sentaba varias veces para descansar. Hasta hoy recuerdo todos los claros, todos los agujeros, todas las zanjas en aquel sendero de la muerte, el riachuelo ante el cual me tumbaba sobre el vientre y donde lamía el agua, fría, sabrosa, reparadora. La sierra de dos mangos, que llevaba bien sobre el hombro, bien a rastras agarrándola de uno de los extremos, me parecía una carga de un peso inaudito.

Nunca lograba que el agua hirviera a tiempo, no conseguía que el “Titán” rompiera a hervir antes de la comida.

Pero ninguno de los trabajadores –que eran hombres libres, si bien ex presos todos– prestaba atención a si el agua hervía o no. Kolimá nos había enseñado a distinguir el agua de beber sólo por la temperatura. Era caliente o fría, sin fijarnos si estaba o no estaba hervida.

Nos importaba un bledo la dialéctica, el salto cualitativo que da a la cantidad una nueva cualidad. No éramos filósofos. Éramos mano de obra, carne de mina, y el agua caliente que bebíamos carecía de las portentosas cualidades de aquel salto.

Yo comía y trataba de tragarme sin gran empeño todo lo que se me pusiera a la vista: las mondas, los pedazos de todo lo comestible, las bayas del año pasado que encontraba en el pantano. La sopa de ayer, la de anteayer que quedaba en el puchero de los “libres”. Aunque no, nuestros hombres no dejaban ni una gota de la sopa del día anterior.

En nuestra tienda había dos armas, dos escopetas de cartuchos. Las perdices no tenían miedo del hombre, y al principio las cazábamos desde la puerta misma de la tienda de campaña. La caza se asaba entera en las brasas de la hoguera o bien se cocía cuando la desplumábamos con cuidado. Las plumas iban a parar al cojín, que también era un negocio, dinero contante y sonante, el sobresueldo de los amos libres de las escopetas y de la caza. Las perdices, destripadas y desplumadas, se cocían en las latas de conserva, unas latas de tres litros que se colgaban sobre el fuego. De aquellas misteriosas aves nunca lograba encontrar desperdicio alguno. Los hambrientos estómagos de los libres destrozaban, trituraban, absorbían todos los huesos sin dejar rastro. Aquello era también uno de los milagros de la taigá.

Nunca probé ni una migaja de aquellas perdices. Lo mío eran las bayas, las raíces de la hierba y mi ración. Y no me moría. Empecé a mirar cada día con más indiferencia, sin rabia, el frío sol rojo, las montañas, los calveros, donde todo, las rocas, los recodos de los arroyos, los alerces, los álamos, todo era anguloso y osco. Al atardecer, del río subía una niebla helada; durante toda la jornada en la taigá no había un instante en que yo sintiera calor.

Los dedos tantas veces congelados de las manos y de los pies zumbaban de dolor. La piel de los dedos, de un rosado encendido, así se quedaba, rosada y quebradiza ante cualquier rasguño. Llevaba los dedos eternamente envueltos en cualquier trapo sucio que protegía la mano de otra herida, del dolor, pero no evitaba las infecciones. De los dedos gordos de ambos pies fluía pus, una pus que no tenía fin.

Me despertaban con el sonido de un golpe de riel. Con un golpe de riel dejaba de trabajar. Después de comer me tumbaba enseguida en la litera, sin desnudarme por supuesto, y me dormía. Veía la tienda en la que dormía y vivía como a través de una niebla: en algún lugar se movían unos hombres, explotaba alguna sonora y brutal maldición, surgían algunas peleas, pero tras un golpe doloroso, al instante, se instalaba un completo silencio. Las peleas se apagaban deprisa, nadie las detenía, no se separaba a los contrincantes, simplemente los motores de la pelea se ahogaban y llegaba el frío silencio de la noche, con el pálido cielo que asomaba por los rotos del techo de la tienda, entre ronquidos, rugidos, gemidos, toses y los denuestos inconscientes de los dormidos.

Una noche descubrí que oía estos gemidos y ronquidos. La sensación fue repentina, como una revelación, y no me alegró. Más tarde, cuando recordaba aquel instante de asombro, comprendí que la necesidad de dormir, de sumergirme en el olvido, en la nada, se hizo menor, es decir que “me había saciado de sueño”, como decía Moiséi Moiséyevich Kuznetsov, nuestro herrero, el tipo más agudo que he conocido.

Surgió un insistente dolor en los músculos. Qué músculos tenía entonces es algo que no sabría decir, pero me dolían, y aquel dolor me enfurecía, no me dejaba olvidarme de mi cuerpo. Luego me vino algo distinto al odio o la rabia, algo que vivía junto con la rabia. Apareció la indiferencia, la insensibilidad al miedo. Comprendí que me daba igual si me pegaban o no, si me daban mi ración a la hora de comer o no me la daban. Y aunque en aquella expedición, en aquel viaje de trabajo sin escolta no me pegaban –sólo pegan en las minas–, yo, recordando la mina, medía mi valor con la escala de la mina. Y con aquella indiferencia y falta de miedo se construyó algo parecido a un puente que me alejaba de la muerte. La consciencia de que aquí no se pegaba, de que no me pegaban ni me iban a pegar, hacía nacer nuevas fuerzas en mi, nuevas sensaciones.

Tras la indiferencia llegó el miedo, un temor no demasiado fuerte, el espanto de verme privado de aquella vida salvadora, de aquel trabajo salvador con la estufa, de perder de vista aquel alto y frío cielo y aquel dolor constante en mis consumidos músculos. Comprendí que me daba miedo irme de ahí a la mina. Que tenía miedo y punto. Durante toda mi vida nunca he buscado un destino mejor si el que tenía se me antojaba bueno. La carne en mis huesos crecía de día en día. La envidia, así se llamaba la siguiente sensación que me volvió. Sentí envidia de mis camaradas muertos, de los hombres caídos en el año treinta y ocho. También sentí envidia de mis vecinos, que masticaban algo, de los vecinos que fumaban alguna colilla. No envidiaba a mi jefe, al capataz, al jefe de la brigada; aquel era otro mundo.

El amor no me volvió. Oh, qué lejos queda el amor de la envidia, del miedo, de la rabia. Qué poco necesitan del amor los hombres. El amor regresa cuando ya han renacido los demás sentimientos humanos. El amor llega el último, es el último en regresar; aunque ¿de verdad regresa? Pero no sólo la indiferencia, la envidia y el miedo fueron testigos de mi retorno a la vida. La piedad por los animales regresó antes que la piedad hacia los hombres.

Como el preso más débil en aquel mundo de hoyos y zanjas de exploración, trabajaba con el topógrafo, llevaba tras éste la mira y el teodolito. Sucedía que para moverse más aprisa el topógrafo cargaba sobre sus espaldas las correas del teodolito y a mi me tocaba sólo la ligerísima mira con sus números pintados. El topógrafo era otro preso. Para espantar el miedo –aquel verano había muchos fugitivos en la taigá– el topógrafo llevaba una escopeta de pequeño calibre para la que había conseguido permiso del mando. Pero la escopeta lo único que hacía era molestar. Y no sólo por ser una carga de más en nuestro penoso caminar.

En una ocasión nos sentamos a descansar en un claro y el topógrafo jugando con el arma apuntó a un pinzón que se había acercado volando a nosotros para observar de más cerca el peligro y llevárselo consigo a otra parte. Y, si hacía falta, para sacrificar su vida. La hembra debía estar por el lugar ahuevando; sólo así se explicaba el insensato valor de aquel pajarillo de pecho rojo. El topógrafo alzó la escopeta y yo aparté a un lado el cañón.

–¡Guarda el arma!
–¡Pero oye! ¿Te has vuelto loco?
–Deja el pájaro en paz.
–Se lo diré al jefe.
–Al diablo tú y tu jefe.

El topógrafo no tenía ganas de pelea, no le dijo nada al jefe. Y yo comprendí que algo importante había vuelto a mi.

Llevaba no pocos años sin ver ni libros ni periódicos y hacía tiempo que me había quitado de la cabeza lamentar aquella pérdida. Mis cincuenta compañeros de tienda, de aquella destrozada tienda de lona, sentían lo mismo; en nuestra tienda no apareció ni un periódico, ni un libro. Los mandos –el capataz, el jefe de la expedición, el jefe de la brigada– descendían a nuestro mundo sin libros.

Mi lengua, la burda lengua de la mina, era pobre, como pobres eran mis sentidos, los sentimientos que aún vivían pegados a mis huesos. Diana, marcha al trabajo, comida, final de jornada, retreta, jefe, con permiso, pala, veta, a sus órdenes, galería, buril, pico, afuera hace frío, llueve, la sopa está fría, está caliente, pan, ración, déjame una calada –me había pasado años y años con dos docenas de palabras. La mitad de ellas eran blasfemias. En mis años jóvenes, cuando era un niño, corría un chiste de cómo, para contar un viaje al extranjero, un ruso se bastaba con una sola palabra pronunciada en las más diversas entonaciones. La riqueza de los juramentos rusos, su inagotable poder injurioso no se me descubrió en la infancia, ni en la infancia ni en la juventud. El chiste grosero aparecía aquí como la dulce voz de una doncella. Pero yo no buscaba otras palabras. Me sentía feliz de no tener que buscar otros términos. Y si existían estos términos, tampoco lo sabía. Yo no sabía contestar a esta pregunta.

Me sentí asustado, aturdido cuando en mi cerebro, aquí — y eso lo recuerdo claramente– bajo el parietal derecho, nació una palabra, una palabra del todo inútil en la taigá, una palabra que no sólo no entendí yo, sino tampoco mis compañeros. Lancé aquella palabra en un grito alzándome en la litera y dirigiéndome al cielo, al infinito:

–¡Sentencia! ¡Sentencia!

Y solté una carcajada.

–¡Sentencia! –aullaba a bocajarro hacia el cielo del Norte, hacia las dos auroras, aullaba sin comprender el significado de la palabra que había nacido en mi. Y si aquella palabra había regresado, si volvía de nuevo a mi, ¡mejor que mejor! Una enorme alegría llenaba todo mi ser.
–¡Sentencia!
–¡Está ido!
–¡Ha perdido la chaveta! ¿Eres extranjero o qué? –me preguntaba insidioso el ingeniero de montes Vronski, el mismo Vronski de “una miaja”.
–Vronski, ¿tienes para fumar?
–No, no me queda.
–Aunque sea una miaja.
–¿Una miaja? Bueno.

Y de la tabaquera llena de majorka salía prendida de sus sucias uñas una miaja.

–¿Eres extranjero? –la pregunta transportaba nuestras vidas al mundo de las provocaciones, de las denuncias, de las nuevas causas y de las condenas añadidas.

Pero a mi no me importaba nada la provocadora pregunta de Vronski. El hallazgo era demasiado enorme.

–¡Sentencia!
–¡Como un cencerro!

El sentimiento de la rabia era el último con el que el hombre se marchaba a la nada, al mundo de los muertos. ¿De los muertos? Ni siquiera las piedras me parecían muertas, sin hablar ya de la hierba, de los árboles, del río. El río no sólo era la encarnación de la vida, no sólo era el símbolo de la vida, sino la vida misma. Su eterno correr, el constante rumor, su impenitente parloteo, su labor que obliga al agua fluir corriente abajo imponiéndose al viento contrario, abriéndose paso entre las rocas, atravesando estepas, prados. El río, que transformaba el desnudo lecho, secado por el sol, y que, con un hilillo húmedo casi invisible, se abría paso entre el roquedal, obediente a su secular deber, y se convertía en arroyo, perdida toda esperanza de que el cielo, la providencial lluvia, lo salvase. La primera tormenta, el primer aguacero, y el agua alteraba las riberas, rompía las rocas, lanzaba por los aires los árboles y corría enloquecida corriente abajo por el mismo y eterno camino suyo…

¡Sentencia! Yo mismo no me lo podía creer, y me daba miedo dormirme: no fuera que por la noche la palabra que me había vuelto volviera a desaparecer. Pero la palabra no desaparecía.

Sentencia. Es el nombre con el que tenían que haber rebautizado el río “Rio-rita” que corría junto a nuestro campamento, junto a nuestra zona de trabajo. ¿Qué tiene de mejor que “Sentencia”? El pésimo gusto del dueño de la tierra, del cartógrafo, estampó en los mapas del mundo el nombre de “Rio-rita”. Y ya no tenía arreglo.

Sentencia; algo de romano, de sólido y latino había en aquella palabra. La Roma Antigua se dibujaba en mi infancia como una historia de luchas políticas, de luchas entre los hombres; en cambio la Grecia Antigua era para mi el reino del arte. Aunque en Grecia hubo sus políticos y sus asesinos, y en Roma no faltaron hombres de arte. Pero mi infancia afiló, simplificó, estrechó y dividió en dos estos dos mundos tan diferentes. Sentencia es una palabra romana. Me pasé una semana sin comprender qué significaba la palabra “sentencia”. La susurraba, la gritaba, espantaba y hacía reír con aquella palabra a mis vecinos. Exigía del mundo, del cielo que me desvelara el secreto, que me lo explicara, me lo tradujera… Y al cabo de una semana lo comprendí, y me estremecí de miedo y de alegría. De miedo, porque me espantaba regresar a un mundo para el que se me habían cerrado las puertas de retorno. Y de alegría, porque comprobaba que la vida volvía a mi ajena a mi propia voluntad.

Pasaron muchos días hasta que aprendí a llamar de las profundidades del cerebro, una tras otra, nuevas y nuevas palabras. Cada una de ellas regresaba con dificultad, surgía de pronto y por separado. Los pensamientos y las palabras no volvían seguidos. Cada uno regresaba solo, sin la escolta de otras palabras conocidas, y la palabra surgía primero en la lengua y sólo luego en el cerebro.

Y después llegó el día cuando todos, los cincuenta trabajadores dejaron el trabajo y corrieron al campamento, hacia el río, abandonando sus hoyos, sus zanjas, dejando sin cortar los troncos, sin acabar de cocer la sopa en el puchero. Todos corrían más deprisa que yo, pero también yo arrastrándome, ayudándome en aquella carrera monte abajo con las manos, llegué a tiempo.

De Magadán había llegado un alto mando. El día era claro, templado, seco. Sobre un enorme tocón de alerce, frente a la tienda de campaña, había un gramófono. El gramófono sonaba, sobreponiéndose al chirrido de la aguja, tocaba una música sinfónica.

Y todos se reunieron alrededor: asesinos y ladrones de ganado, hampones y pardillos, capataces y trabajadores. Y el jefe se encontraba al lado. Y la expresión de su cara era como si él mismo hubiera compuesto aquella música para nosotros, para nuestro campamento perdido en la taigá. El disco de baquelita daba vueltas y crujía, y daba vueltas el propio tocón al que habían dado cuerda, como un tensado muelle, los trescientos círculos, la cuerda de todos sus trescientos años…

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Relato y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s