La foto de grupo. Bernardo Atxaga

Hace mucho tiempo, cuando aún éramos jóvenes y verdes, un hombre de bigote y gorra a cuadros llegó a la escuela primaria donde estudiábamos y con gesto muy serio nos anunció que venía a hacernos la primera foto colectiva de nuestra vida. Le escuchamos entre risas, porque su aspecto nos hacía mucha gracia, sobre todo lo de la gorra, y también porque nunca hasta entonces habíamos oído la expresión foto colectiva, luego, pisando charcos y lanzando nuestras carteras al aire, seguimos a la maestra hasta los soportales de la iglesia.

Pero nada más llegar -la felicidad nunca es completa- nuestra fiesta se aguó un poco, porque allí estaban, sentaditas en los bancos, todas las chicas de la escuela secundaria, nuestras más odiadas enemigas de aquella época: unas lerdas presumidas que ni tan siquiera se dignaban a saludarnos por la calle. “Quien no les haya tirado ninguna piedra, que levante la mano”, nos decía el señor párroco cada vez que alguna de ellas le iba con el cuento. Y todas las manos se quedaban en los bolsillos, todos los ojos miraban al suelo. Desgraciadamente, ahora las teníamos delante, esperándonos, provistas de peine y tijeras, con una sonrisa maligna en los labios.

-¿A qué esperáis? ¡Iros allí, que vuestras amigas os van a dejar muy guapos! -Nos apremiaba, en especial a los chicos, nuestra maestra, extrañadísima por la cara de disgusto que poníamos ante aquella sesión de atrezzo.

Como ella no vivía en el pueblo, no se había enterado de la lucha generacional que existía en Obaba.

Hubo pellizcos, tirones de pelo y otros incidentes mientras nos adecentaban, pero, al final, tras colocarnos en unas escaleras de piedra, todos los niños y niñas del pueblo que en aquella época teníamos alrededor de nueve años quedamos retratados; unidos para siempre los que, como viajeros con distintos destinos, entraríamos poco después en la corriente de la vida y nos separaríamos por completo.

Una semana después el fajo de fotografías estaba ya en la escuela, y todos queríamos ver cómo habíamos salido. Allí estábamos, serias las niñas pequeñas y más serios aún los chicos no tan pequeños, con una gravedad digna de estatuas romanas. Pero no se trataba de gravedad, ni de dignidad, ni de nada que acabara en dad. Se trataba únicamente de la firme decisión de venganza que -los de pelo rizado, sobre todo- instantes antes habíamos tomado. “Habrá más piedras”, decían aquellas miradas. “Y muy pronto”, añadían aquellas bocas fruncidas.

La maestra repartió las copias del fajo, y nos aconsejó que las conserváramos. Que más adelante, cuando tuviéramos su edad, por ejemplo, nos alegraríamos mucho de poder echar un vistazo a una foto como aquélla. Y nosotros, como buenos alumnos, la guardamos; y, nada más guardarla, nos olvidamos de ella. Porque, como ya se ha dicho, en aquella época éramos jóvenes y verdes, y no sentíamos ninguna preocupación por el pasado.

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