Anatomía de un instante (fragmento) – Javier Cercas

Dieciocho horas y veintitrés minutos del 23 de febrero de 1981. En el hemiciclo del Congreso de los Diputados se celebra la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, que está a punto de ser elegido presidente del gobierno en sustitución de Adolfo Suárez, dimitido hace veinticinco días y todavía presidente en funciones tras casi cinco años de mandato durante los cuales el país ha terminado con una dictadura y ha construido una democracia. Sentados en sus escaños mientras aguardan el turno de votar, los diputados conversan, dormitan o fantasean en el sopor de la tarde; la única voz que resuena con claridad en el salón es la de Víctor Carrascal, secretario del Congreso, quien lee desde la tribuna de oradores la lista de los parlamentarios para que, conforme escuchan sus nombres, éstos se levanten de sus escaños y apoyen o rechacen con un sí o un no la candidatura de Calvo Sotelo, o se abstengan. Es ya la segunda votación y carece de suspense: en la primera, celebrada hace tres días, Calvo Sotelo no consiguió el apoyo de la mayoría absoluta de los diputados, pero en esta segunda le basta el apoyo de una mayoría
simple, así que –dado que tiene asegurada esa mayoría– a menos que surja un imprevisto el candidato será en unos minutos elegido presidente del gobierno.

Pero el imprevisto surge. Víctor Carrascal lee el nombre de José Nasarre de Letosa Conde, que vota sí; luego lee el nombre de Carlos Navarrete Merino, que vota no; luego lee el nombre de Manuel Núñez Encabo, y en ese momento se oye un rumor anómalo, tal vez un grito procedente de la puerta derecha del hemiciclo, y Núñez Encabo no vota o su voto resulta inaudible o se pierde entre el revuelo perplejo de los diputados, algunos de los cuales se miran entre sí, dudando si dar crédito o no a sus oídos, mientras otros se incorporan en sus escaños para tratar de averiguar qué ocurre, quizá menos inquietos que curiosos. Nítida y desconcertada, la voz del secretario del Congreso inquiere «¿Qué pasa?», balbucea algo, vuelve a preguntar «¿Qué pasa?», y al mismo tiempo entra por la puerta derecha un ujier de uniforme, cruza con pasos urgentes el semicírculo central del hemiciclo,
donde se sientan los taquígrafos, y empieza a subir las escaleras de acceso a los escaños; a mitad de la subida se detiene, cambia unas palabras con un diputado y se da la vuelta; luego sube tres peldaños más y se da otra vez la vuelta. Es entonces cuando se oye un segundo grito, borroso, procedente de la entrada izquierda del hemiciclo, y luego, también ininteligible, un tercero, y muchos diputados –y todos los taquígrafos, y también el ujier– se vuelven a mirar hacia la entrada izquierda. El plano cambia; una segunda cámara enfoca el ala izquierda del hemiciclo: pistola en mano, el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero sube con parsimonia las escaleras de la presidencia del Congreso, pasa detrás del secretario y se queda de pie junto al presidente Landelino Lavilla, que lo mira con incredulidad. El teniente coronel grita «¡Quieto todo el mundo!», y a continuación transcurren unos segundos hechizados durante los cuales nada ocurre y nadie se mueve y nada parece que vaya a ocurrir ni ocurrirle a nadie, salvo el silencio. El plano cambia, pero no el silencio: el teniente coronel se ha esfumado porque la primera cámara enfoca el ala derecha del hemiciclo, donde todos los parlamentarios que se habían levantado han vuelto a tomar asiento, y el único que permanece de pie es el general Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del gobierno en funciones; junto a él, Adolfo Suárez sigue sentado en su escaño de presidente del gobierno, el torso inclinado hacia delante, una mano aferrada al apoyabrazos de su escaño, como si él también estuviera a punto de levantarse. Cuatro gritos próximos, distintos e inapelables deshacen entonces el hechizo: alguien grita «¡Silencio!»; alguien grita: «¡Quieto todo el mundo!»; alguien grita: «¡Al suelo!»; alguien grita: «¡Al suelo todo el mundo!». El hemiciclo se apresta a obedecer: el ujier y los taquígrafos se arrodillan junto a su mesa; algunos diputados parecen encogerse en sus escaños. El general Gutiérrez Mellado, sin embargo, sale en busca del teniente coronel rebelde, mientras el presidente Suárez intenta retenerle sin conseguirlo, sujetándolo por la americana. Ahora el teniente coronel Tejero vuelve a aparecer en el plano, bajando la escalera de la tribuna de oradores, pero a mitad de camino se detiene, confundido o intimidado por la presencia del general Gutiérrez Mellado, que camina hacia él exigiéndole con gestos terminantes que salga de inmediato del hemiciclo, mientras tres guardias civiles irrumpen por la entrada derecha y se abalanzan sobre el viejo y escuálido general, lo empujan, le agarran de la americana, lo zarandean, a punto están de tirarlo al suelo. El presidente Suárez se levanta de su escaño y sale en busca de su vicepresidente; el teniente coronel está en mitad de la escalera de la tribuna de oradores, sin decidirse a bajarla del todo, contemplando la escena. Entonces suena el primer disparo; luego suena el segundo disparo y el presidente Suárez agarra del brazo al general Gutiérrez Mellado, impávido frente a un guardia civil que le ordena con gestos y gritos que se tire al suelo; luego suena el tercer disparo y, sin dejar de desafiar al guardia civil con la mirada, el general Gutiérrez Mellado aparta con violencia el brazo de su presidente; luego se desata el tiroteo.
Mientras las balas arrancan del techo pedazos visibles de cal y uno tras otro los taquígrafos y el ujier se esconden bajo la mesa y los escaños engullen a los diputados hasta que ni uno solo de ellos queda a la vista, el viejo general permanece de pie entre el fuego de los subfusiles, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y mirando a los guardias civiles insubordinados, que no dejan de disparar. En cuanto al presidente Suárez, regresa con lentitud a su escaño, se sienta, se recuesta contra el respaldo y se queda ahí, ligeramente escorado a la derecha, solo, estatuario y espectral en un desierto de escaños vacíos.

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Ésa es la imagen; ése es el gesto: un gesto diáfano que contiene muchos gestos.

A finales de 1989, cuando la carrera política de Adolfo Suárez tocaba a su fin, Hans Magnus Enzensberger celebró en un ensayo el nacimiento de una nueva clase de héroes: los héroes de la retirada. Según Enzensberger, frente al héroe clásico, que es el héroe del triunfo y la conquista, las dictaduras del siglo xx han alumbrado el héroe moderno, que es el héroe de la renuncia, el derribo y el desmontaje: el primero es un idealista de principios nítidos e inamovibles; el segundo, un dudoso profesional del apaño y la negociación; el primero alcanza su plenitud imponiendo sus posiciones; el segundo, abandonándolas, socavándose a sí mismo. Por eso el héroe de la retirada no es sólo un héroe político: también es un héroe moral. Tres ejemplos de esta figura novísima aducía Enzensberger: uno era Mijaíl Gorbachov, que por aquellas fechas trataba de desmontar la Unión Soviética; otro, Wojciech Jaruzelski, que en 1981 había impedido la invasión soviética de Polonia; otro, Adolfo Suárez, que había desmontado el franquismo. ¿Adolfo Suárez un héroe? ¿Y un héroe moral, y no sólo político? Tanto para la derecha como para la izquierda era un sapo difícil de tragar: la izquierda no olvidaba –no tenía por qué olvidar– que, aunque a partir de determinado momento quiso ser un político progresista, y hasta cierto punto lo consiguió, Suárez fue durante muchos años un colaborador leal del franquismo y un prototipo perfecto del arribista que la corrupción insti- tucionalizada del franquismo propició; la derecha no olvidaba –no debería olvidar– que Suárez nunca aceptó su adscripción a la derecha, que muchas políticas que aplicó o propugnó no eran de derechas y que ningún político español de la segunda mitad del siglo xx ha exasperado tanto a la derecha como él. ¿Era entonces Suárez un héroe del centro, esa quimera política que él mismo acuñó con el fin de cosechar votos a derecha e izquierda? Imposible, porque la quimera se desvaneció en cuanto Suárez abandonó la política, o incluso antes, igual que la magia se desvanece en cuanto el mago abandona el escenario. Ahora, veinte años después del dictamen de Enzensberger, cuando la enfermedad ha anulado a Suárez y su figura es elogiada por todos, quizá porque ya no puede molestar a nadie, hay entre la clase dirigente española un acuerdo en concederle un papel destacado en la fundación de la democracia; pero una cosa es haber participado en la fundación de la democracia y otra ser el héroe de la democracia. ¿Lo fue? ¿Tiene razón Enzensberger? Y, si olvidásemos por un momento que nadie es un héroe para sus contemporáneos y aceptásemos como hipótesis que Enzensberger tiene razón, ¿no adquiriría el gesto de Suárez en la tarde del 23 de febrero el valor de un gesto fundacional de la democracia? ¿No se convertiría entonces el gesto de Suárez en el emblema de Suárez como héroe de la retirada?

Lo primero que hay que decir de ese gesto es que no es un gesto gratuito; el gesto de Suárez es un gesto que significa, aunque no sepamos exactamente lo que significa, igual que significa y no es gratuito el gesto de todos los demás parlamentarios –todos salvo Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo–, que en vez de permanecer sentados durante el tiroteo obedecieron las órdenes de los golpistas y buscaron refugio bajo sus escaños: el de los demás parlamentarios es, para qué engañarse, un gesto poco airoso, sobre el que con razón ninguno de los interesados ha querido volver mucho, aunque uno de ellos –alguien tan frío y ponderado como Leopoldo Calvo Sotelo– no dudara en atribuir el descrédito del Parlamento a aquel desierto de escaños vacíos. El gesto más obvio que contiene el gesto de Suárez es un gesto de coraje; un coraje notable: quienes vivieron aquel instante en el Congreso recuerdan con unanimidad el estruendo apocalíptico de las ráfagas de subfusil en el espacio clausurado del hemiciclo, el pánico a una muerte inmediata, la certidumbre de que aquel Armagedón –como lo describe Alfonso Guerra, número dos socialista, que se hallaba sentado frente a Suárez– no podía saldarse sin una escabechina, que es la misma certidumbre que abrumó a los técnicos y directivos de televisión que vieron la escena en directo desde los estudios de Prado del Rey. Aquel día llenaban el hemiciclo alrededor de trescientos cincuenta parlamentarios, algunos de los cuales –Simón Sánchez Montero, por ejemplo, o Gregorio López Raimundo– habían demostrado su valor en la clandestinidad y en las cárceles del franquismo; no sé si hay mucho que reprocharles: se mire por donde se mire, permanecer sentado en medio de la refriega constituía una temeridad lindante con el deseo de martirio. En tiempo de guerra, en el calor irreflexivo del combate, no es una temeridad insólita; sí lo es en tiempo de paz y en el tedio solemne y consuetudinario de una sesión parlamentaria. Añadiré que, a juzgar por las imágenes, la de Suárez no es una temeridad dictada por el instinto sino por la razón: al sonar el primer disparo Suárez está de pie; al sonar el segundo intenta devolver a su escaño al general Gutiérrez Mellado; al sonar el tercero y desatarse el tiroteo se sienta, se arrellana en su escaño y se recuesta en el respaldo aguardando que termine el tiroteo, o que una bala lo mate. Es un gesto moroso, reflexivo; parece un gesto ensayado, y quizá en cierto modo lo fue: quienes frecuentaron a Suárez en aquella época aseguran que llevaba mucho tiempo tratando de prepararse para un final violento, como si una oscura premonición lo acosase (desde hacía varios meses cargaba con una pequeña pistola en el bolsillo; durante el otoño y el invierno anteriores más de un visitante de la Moncloa le oyó decir: De aquí sólo van a sacarme ganándome en unas elecciones o con los pies por delante); puede ser, pero en cualquier caso no es fácil prepararse para una muerte así, y sobre todo no es fácil no flaquear cuando llega el momento. Dado que es un gesto de coraje, el gesto de Suárez es un gesto de gracia, porque todo gesto de coraje es, según observó Ernest Hemingway, un gesto de gracia bajo presión. En este sentido es un gesto afirmativo; en otro es un gesto negativo, porque todo gesto de coraje es, según observó Albert Camus, el gesto de rebeldía de un hombre que dice no. En ambos casos se trata de un gesto soberano de libertad; no es contradictorio con ello que se trate también de un gesto de histrionismo: el gesto de un hombre que interpreta un papel. Si no me engaño, apenas se han publicado un par de novelas centradas de lleno en el golpe del 23 de febrero; como novelas no son gran cosa, pero una de ellas tiene el interés añadido de que su autor es Josep Melià, un periodista que fue un crítico acerbo de Suárez antes de convertirse en uno de sus colaboradores más cercanos. Operando al modo de un novelista, en determinado momento de su relato Melià se pregunta qué fue en lo primero que pensó Suárez al oír el primer disparo en el hemiciclo; se responde: en la portada del día siguiente de The New York Times. La respuesta, que puede parecer inocua o malintencionada, quiere ser cordial; a mí me parece sobre todo certera. Como cualquier político puro, Suárez era un actor consumado: joven, atlético, extremadamente apuesto y siempre vestido con un esmero de galán de provincias que embelesaba a las madres de familia de derechas y provocaba las burlas de las periodistas de izquierdas –chaquetas cruzadas con botones dorados, pantalones gris marengo, camisas celestes y corbatas azul marino–, Suárez explotaba a conciencia su porte kenediano, concebía la política como espectáculo y durante sus largos años de trabajo en Televisión Española había aprendido que ya no era la realidad
quien creaba las imágenes, sino las imágenes quienes creaban la realidad. Pocos días antes del 23 de febrero, en el momento más dramático de su vida política, cuando comunicó en un discurso a un grupo reducido de compañeros de partido su dimisión como presidente del gobierno, Suárez no pudo evitar intercalar un comentario de protagonista incorregible: «¿Os dais cuenta? –les dijo–. Mi dimisión será noticia de primera página en todos los periódicos del mundo». La tarde del 23 de febrero no fue la tarde más dramática de su vida política, sino la tarde más dramática de su vida a secas y, pese a ello (o precisamente por ello), es posible que mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo una intuición adiestrada en años de estrellato político le dictase la evidencia instantánea de que, fuera cual fuese el papel que le reservara al final aquella función bárbara, jamás volvería a actuar ante un público tan entregado y tan numeroso. Si así fue, no se equivocó: al día siguiente su imagen acaparaba la portada de The New York Times y la de todos los periódicos y las televisiones del mundo. El gesto de Suárez es, de este modo, el gesto de un hombre que posa. Eso es lo que imagina Melià. Pero bien pensado su imaginación tal vez peca de escasa; bien pensado, en la tarde del 23 de febrero Suárez tal vez no estaba posando sólo para los periódicos y las televisiones: igual que iba a hacerlo a partir de aquel momento en su vida política –igual que si en aquel momento hubiera sabido de verdad quién era–, tal vez Suárez estaba posando para la historia. Ése es quizá otro gesto que contiene su gesto: por así decir, un gesto póstumo.
Porque es un hecho que al menos para sus principales cabecillas el golpe del 23 de febrero no fue exactamente un golpe contra la democracia: fue un golpe contra Adolfo Suárez; o si se prefiere: fue un golpe contra la democracia que para ellos encarnaba Adolfo Suárez. Esto sólo lo comprendió Suárez horas o días más tarde, pero en aquellos primeros segundos no podía ignorar que durante casi un lustro de democracia ningún político había atraído como él el odio de los golpistas y que, si iba a correr sangre aquella tarde en el Congreso, la primera en correr sería la suya. Quizá esa sea una explicación de su gesto: en cuanto oyó el primer disparo, Suárez supo que no podía protegerse de la muerte, supo que ya estaba muerto. Reconozco que es una explicación embarazosa, que combina con mal gusto el énfasis con el melodrama; pero eso no la convierte en falsa, sobre todo porque en el fondo el gesto de Suárez no deja de ser un gesto de énfasis melodramático característico de un hombre cuyo temperamento propendía por igual a la comedia, a la tragedia y al melodrama. Suárez, eso sí, hubiera rechazado la explicación.
De hecho, siempre que alguien le preguntaba el porqué de su gesto se acogía a la misma respuesta: Porque yo todavía era el presidente del gobierno y el presidente del gobierno no se podía tirar. La respuesta, creo que sincera, es previsible, y delata un rasgo importantísimo de Suárez: su devoción sacramental por el poder, la desorbitada dignidad que confería al cargo que ostentaba; es también una respuesta sin jactancia: presupone que, de no haber sido todavía presidente, él hubiera obrado con el mismo instinto de prudencia que sus demás compañeros, protegiéndose de los disparos bajo su escaño; pero es, además o sobre todo, una respuesta insuficiente: olvida que todos los demás parlamentarios representaban casi con el mismo derecho que él la soberanía popular –por no hablar de Leopoldo Calvo Sotelo, que iba a ser investido presidente aquella misma tarde, o de Felipe González, que lo sería al cabo de año y medio, o de Manuel Fraga, que aspiraba a serlo, o de Landelino Lavilla, que era el presidente del Congreso, o de Rodríguez Sahagún, que era el ministro de Defensa y el responsable del ejército–. Sea como sea, hay una cosa indudable: el gesto de Suárez no es el gesto poderoso de un hombre que enfrenta la adversidad con la plenitud de sus fuerzas, sino el gesto de un hombre políticamente acabado y personalmente roto, que desde hace meses siente que la clase política en pleno conspira contra él y que quizá ahora siente también que la entrada intempestiva de los guardias civiles rebeldes en el hemiciclo del Congreso es el resultado de aquella confabulación universal.

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